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Nulli Secundus

*A Konzy

Aquella noche solo había sombras. Las lámparas, como en el poema de Maples Arce, desangraban. Era hora de buscar no sé qué. Y entramos al antro de mala muerte El Buen Samaritano de muy mala gana. A pesar de que veníamos de la noche más oscura del año, se nos hizo difícil tanto como acostumbrarnos a la luz del mal antro como los olores que emanaban de ahí. Las cortinas que hicimos a un lado al entrar para poder ingresar tenían ese gruesor de años de no lavarse o de años de pasaditas de mano, de cualesquier manera, para mí, ni olían bien, ni se sentían frescas. Digo, no sé que ley dicta que esos antros de mala muerte tengan licencia para dejar que el tiempo haga lo que quiera con la tela sin intervención humana alguna. ¿O hasta que llegué yo nadie se había percatado de la suciedad de las cortinas o qué? Eso debería de despertar sospechas al incauto de que algo no funciona bien en el pueblo, digo, ¿que tipo de inspector de salubridad deja pasar desapercibido ese tipo de detalle?

El detalle de los antros de mala muerte es que todo vale madre. Así que al entrar, si uno anda medio sano, nota todo. El piso pegajoso al dar el paso; las miradas que recaen a uno a pesar de que la mitad de los mal llamados contertulios, porque no había conversación, recaen en uno, no por curiosidad, sino porque la luz entra dando noticias de la hora del día o molesta. Algo así como las conversaciones que conllevan a la obsesión. Y luego la consola, porque la consola trabaja. … yo traigo un cuerno cortito que es mi fiel amigo … se escuchaba. Me enfoqué en … las hembras son mi delirio …. Pensé en ti.

Al entrar al tugurio me acordé de mis días en Suecia. En particular de cómo el sol albo brilla dejando una estela de colores en su corona entre las nubes. Así sean las 8 de la “noche” la luz del día triunfa lo suficiente para desquiciar al mundo árabe. No hay como un la luz del sol de medianoche como para echar en brama a toda una religión.

Me senté en la barra mientras mis compas buscaban afanosamente ‘on tirar el agua como se dice por mis lares. Dieron las 4 de la madrugada. Hora, que como diría Joan Margarit: a la vez en un único ladrido, bronco y sin ritmo alguno. No sé como pedí una cerveza, pero la pedí y se me dio. Cargaba la mala muerte del tugurio aún y bebí para olvidarlo porque sentí así como que no debería estar ahí. A un lado de mi hablaba un mesías de cómo agarrar una cerveza, porque quesque le molestaba xente que sostenía la jarra de la birria en las garras como si se fuese a huir, o sea, a quien chingados le gusta cerveza caliente pues. Alejé la mano de la tarra.

Aquellos güeyes pronto empezaron a acomodarse. Les olía mal el tugurio porque caminaban como si estuvieren en tierra ajena pero de las sombras salieron demonios conocidos, así que más prontos que perezosos, se sintieron en casa. Yo, sin embargo, no aguanté la podredumbre y me salí a respirar aire limpio. Y el alcohol me golpeó bien machín al salir al cuadro de la ciudad cuyo renombre es red district en países más europeos pero que aquí se le denomina como la cawuila. Amanecí en tus brazos y ni sé cómo fui a dar ahí. Pero no importa. Nada importa ya. Estamos. Tú y yo. Una ilusión que no puede ser hasta que abras los ojos. Desperté.

Y ya no estabas ahí. Soñé. Como cada noche. Y le olvidé. No de a devis o a propósito, sino porque no sé cómo recordar. Lo que importa es la esperanza, resonó de la nada. Como el tugurio que invitó un espacio ajeno como aquel dicho romano: Alea jact est, darling.

 

Thy many flaws

reader1There is a passage in Patrick White’s biography The Flaws in the Glass where one can read that he hears a chandelier tingling when someone argues in another room. Of the things I’ve read in that book that image has resisted the test of time or since c. 2003. For me it represents tension manifested in an object whose response is to act within its environment. An inanimate object giving meaning to a delicate issue such as personal discord by way of a fragile object. I know it is redundancy, but it needs to be defined. It also represents a certain calmness which is rather British in its self. Keep calm and go about your business. The idea of affronting tension and grave situations with a peace of mind is an art. Not easily mastered of course. Specially if you have latino blood in you like me which tends to explode. I would imagine the glass shattering into a million bits.

I thought about this as I walked along Main street. At 3 am there is no soul other than mine walking about the streets. I shuffle the feet, an unlikely sauntering of sorts, kicking everything in my path, mostly fallen leaves from last year’s autumn and which survived the rakes and fires because winter’s snow fell upon them. The pleasure lies in living and savoring the moment as one feels the elements caress one. So I take time to feel the air caress me whilst one’s burdens pain one. What comes to mind often is the way one deals about one’s world. So I kicked a beer can, the last drops of the hops fly about as the drops gave new colors to the leaves as the splashed liquid touched the brittle leaves. Not that nobody cares how the changes come about but I have enough time to see the color spread in the many shades of a brown and withered leaf. The same way one pays attention to the flying insect whose path towards wheresoever is only going somewhere because we happen to fasten our sight on its path as it goes where it needs to go: in search of food, shelter, rest or just flying by sheer impulse where other forces reckon their lives, their direction, their duration on this life, my life.

It’s comforting to hear noises which seem to have always been part of the 3 am repertoire. Like the sudden chirp of a bird. It breaks through my train of thought and crackles the wet and humid 3 am silence where the dark shadows cower at the idea of a dawn upon them. So I began to think about what I cower at and it usually is me running away from what I feel. I usually like it very much at the beginning as the broth of emotions stir old and new feelings but like everything else, I get bored really easy with it. I prefer the newness of it all, a permanent euphoria which scientists have now proven that isn’t possible. The excitement that comes along with it is ever so ephemeral but after a while things don’t happen fast enough for me. I want the whole enchilada now. I’ve changed somewhat. Or so I would like to think. As I approached the corner of Hamilton and Main I stared intently in both directions awaiting to see if any car was about to pass by and decided to wait it out instead. I saw the traffic light lit bright red and yellow wasn’t too far behind but the seconds in between dragged on so I was obeying the law to a T as Hodge & Kress (88) would have me to. Although I could of easily have walked on red as I read once, why should a red light decide what I should do? I wait instead, there is no hurry and I enjoy the silence of it all instead.

 

rocío

Parece rocío pero no lo es. Casi no se da por estas tierras acaso si alguna vez o quizá si lo sea y yo no estoy acostumbrado a esa variación que más parece como recién lloviznado que rocío. El rocío tiene gracia y presenta una frescura amen de su estética visual, usualmente dando la ilusión de estoicismo al susodicho atrapado por su simpleza y belleza. Mas de las veces el rocío aparece por acá a fines del verano cuando la humedad o el agua que tanto impregna el medio ambiente de este país retorna a reclamar lo suyo, ya sea en forma de lluvia o nieve. Se ve bien cuando, por ejemplo, se aposenta en las redes de las arañas y como cuando los árboles se despojan de sus hojas para preservar más agua. Salía al trabajo y noté toda esta reflexión sobre el césped delante de mi, pesado por el agua cuyas gotas abrazaban los rayos del sol. Fue cuando noté por igual que al pedalear llevaba compañía de una arañita en los cuernos de mi bicicleta y al pensar en mi compañera rumbo al trabajo y lo lindito que se miraba que me espantó porque se tambaleo con el aire de la velocidad, me dio miedo que fuera a parar en mi cuerpo al volar a la merced del aire pero no, las patas del aracnoide fueron fuertes y ella pudo seguir acompañándome en el corto viaje de mi casa a mi escuela, bien agarrada de los cuernos y desdeñando la velocidad siguió hacia donde iba.

No sé si alguien se preocupe por ello. Porque de seguro habremos más de lo que creemos, o sea, gente que se detiene a observar ya sea por casualidad o por costumbre. Por ejemplo, esos días en que llueve y el sol traspasa las nubes lo suficiente como para blanquear los cúmulos pero no tanto como para no dejar caer su carga. Aunque hoy en día ese fenómeno no es fácil de deducir si es natural o intervención humana. Pero llueve. Y miro la rapidez con que las gotas caen, si guardo la imagen un poco logro ver que van en viento en popa. Aprisa. No sé que efecto natural hace que las gotas desciendan más rápido, que, por ejemplo, los conos de nieve. Habrá una explicación de seguro. A mi no me interesa. Solo quiero ver como desciende cada gota. Y no se me deja. Pero es en la multitud de ellas en donde reside la gracia, son demasiadas y juntas como un banco de peces que evitan un predador que logran hacer belleza para el ojo humano.

Quizá eso explique las semillas del diente de león en la telaraña que un arácnido decidió tejer afuera de mi ventana. Quizá por hambre o por naturaleza. No sé. E igual y el viento llega y se despega. Pinche diente de león. Tan fuerte. Lo que no logra despegarse, sin embargo, es la tizne de la ciudad, esa mugre de los gases de los autos o del paso del tren o el humo de las chimeneas que pujan aún humo porque, siempre hay alguien que añora el frío mediante las llamas de la lumbre y a quemar leños se ha dicho. Para no decir de las semillas de un polen que no verá fruto alguno. O las alas de un insecto que producen tristeza por si solas. Las alas de los insectos nos causa nostalgia por los ángeles. Las alas en nosotros nos indican la libertad añorada. Sin embargo, para las patudas, solo son entes deliciosos. Hay todo un repertorio de objetos atrapados en la red, y el viento los mece por igual. y uno se pregunta, que no daría uno para poder distinguir entre la desesperación de librarse y el viento que solo está de paso.

Como cuando la luz del sol penetra las nubes o las nubes dan paso a la luz. Y resplandece a altas horas toda una amalgama de esperanzas.

blip

La luz de la lámpara recaía sobre el sostén azul/negro y esta se pintaba muy alegre contra los defectos de la pared que yo miraba con sentimientos de culpabilidad. Había que cambiar el tapete de papel. La sombra del sostén de la bolsa lucía bella. Y es que el foco del pasillo tiene la suficiente intesidad como marcar el negro oscuro contra el beige con lujo de detalle. Creo que si 5 décadas tenía marcadas el tapete de papel en su desgaste serían pocas. Amén del gasto económico. Las horas que marcaban la observación eran de esas mal llamadas consuetudinarias. Yo aquí, la sombra allá y los minutos del diario devenir, en marcha como gansos.

Suecia. Mayo. 2016. El paso, hacía un equinoccio que da colores a cuentagotas al fin del día. Ya un azul pastel, ya un rojo sin ganas. En fin. Solo yo y el ruido de los abanicos de la computadora, el silencio abrumador del atardecer y los colores del paso lento del movimiento aequus nocte.

Llevo años aquí y aún no me impongo a ello. Cambios graduales. Así que decidí cambiar de narrativa en el coco. Me puse a pensar. Rayos. No. Eso no acaba bien nunca. Llevo años temiendo mis propios pensamientos. Y es que la culpa la tiene el alcohol. Conjugado con mi agresividad pasiva. A los años veo que eso que los gringos llaman como passive agressive se debe a que nunca aprendí a desembuchar como dirían allá en mi rancho, o sea, dejar que mis reacciones tuvieran un cauce propio, pero en una sociedad como la mexicana que reprime independencia propia a cuesta de la obediencia, pues lo estragos no se hacen esperar.

A cierta edad uno deja de pensar. Es lo más saludable. Uno descubre que los ríos del tiempo sí tienen manera de orientarles. No son esa fuerza tsunami que consume y destroza a sus anchas como el cerebro nos hace creer. Los cauces, los riachuelos, los ríos y aquellos lagos o lagunas mentales acaban amansados por el mar en donde desembocan todos los pensamientos. Así que pensar, descubre uno, es no pensar en el pasado. Por ejemplo. Uno se conserva en el aquí, el hoy, efímero y fugax. Igual, el futuro se torna a pagar las deudas a tiempo. Los planes a largo y corto plazo se esfuman. O más bien se convierten en planes para pagar deudas lo más pronto posible. Así que lo mejor es dejar los vastos horizontes del pensar mecerse con las olas del tiempo en el ancho mar del pacífico ente que alberga la esencia de uno. Las tormentas se enfrentan mejor así no porque sean menos peligrosas sino por la envergadura del mar, es tan ancho y amplio, tan grande que a veces ni se sienten transcurrir. Uno acepta pues, la fluidez como forma de vida y no el estancamiento de un charco cuyo riesgo es apestar, heder y acabar seco sin más rastro que costras de inmundancia.

Uno no creería, pero toda luz se ve afectada por la luz. Así que mientrás escribía esto la sombra del sosten adquiría colores más profundos a la misma vez que la luz del día retrocedía en el pasillo alumbrado por la lámpara que recien había adquirido en IKEA. Le trae a uno recuerdos de Manuel Maple Arce y su Prisma. A estas alturas uno no piensa lo que luz artificial hizo en la mente. Y Blinded by the Lights de The Streets parece ser una cosa de ovnis.

Deje de pensar. Salí. Y te vi.

Independent. Like a taco stand, a green leaf came to my eyesight, between your mouth opening wide and your arm folding to take the taco to your beautiful lips I couldn’t make out if it was a radish leaf or a cilantro one, either way, I knew then we were meant to be where we were.

Día de raya

Mañana será día de raya. Eso significa que algunos suecos soltarán greña. Yo, tranquilo. Como no me queda otra que ser bueno, desde lejos observo el desmadre. O serán los años. La ponzoña que ingiero ya es más para poder dormir que para salir a hacer desmadre. Hoy hace frío. Se lee que en Pakistán la gente muere por la calor. El hielo ni alcanza a llegar a los hogares dicen las noticias suecas. Mientras tanto, aquí sopla heladito. Habrá que moverse para sentir el calor y el solecito que sale da muestra de un calor ajeno y distante. Se puede sudar, si uno hace el esfuerzo, pero no en la sombra. Hace fríito.

Paso estas vacaciones sin planes algunos sin más allá de pasarla tranquilo. Le estoy ayudando a una jubilada de noruega pintar su cocina. Es una anciana de esa que nació un tantito después del fin de la II guerra mundial. Cuenta mil y unas cosas. Sobre muertos, recién muertos y muertos por haber. Cuenta sus historias, de cómo nació, sus padres, sus familiares. Vive sola, pero se rodea de ayuda, tiene su cuchara metida por todos lados. Yo me limito a ver y trabajar, escuchar por igual. Hay historias de su padre y los tatuajes de su padre, de sus familiares que pertenecieron a la resistencia noruega y de cómo se enamoró de x hombre y cómo el destino les separó. Escucharla es como añadirle anécdotas a mis lecturas de la II guerra mundial y sobre Noruega. Esos tienen una historia llena de invasiones, si no fueron los daneses, fueron los suecos o los alemanes. Durante mi trabajo descubrí unas botellas de cognac mientras limpiaba la superficie antes de pintar. Se antojaron. Pero ya no soy el caco que antes era, pero las cosquillas están ahí. Aunque es interesante dejar pasar los minutos en casa ajena, el ruido de la casa de otros no es el mismo de los ruidos de la de uno.

Hoy también descubrí que hay ciertas libertades cuando uno cesa de estar a la expectativa. Por ejemplo, llevo ciertos años sin entablar relaciones con el sexo opuesto. Tampoco me esmero en hacerlo. Aquí se me hace muy complicado todo eso. Así que no miro al sexo opuesto sueco como lo haría en México. Se me hace un espanto de poca madre. Así que desisto del todo. Y como ellas no son aventadas, pues estamos que ni los unos ni los otros. Pero hay libertad.

Lo curioso de todo esto es que me encomiendo a Dios y le ruego que me ayude a encontrarla. Porque hasta eso, pienso que la mujer de mi vida está predestinada, ella, existe y ambos daremos con el uno al otro. Así pues, están las cosas en el reino de las eternas nubes donde cunde la soledad como césped en el Sabana.

Febrero 11

image Caminando las calles de Estocolmo de nuevo. Es un tanto refrescante como todo lo que hago. Y lo es. Aunque es invierno tengo la suerte de que gozamos buenas temperaturas. Me encuentro dentro del Yacht Mälardrottningen. Se situa en Riddarholmen y el silencio, esa cualidad sueca, se interrumpe de en vez cuando por el paso del Metro estocolmiano. Estoy rendido y hay muchas impresiones que regurgitar, como los pájaritos. En camino venía con pesadillas de que si si hundiese el yacht, qué haría y eso. Y el regurgitar de las memorias, el infierno que acosa cada paso. Y el alcohol. Como eso fue lo que me trajo aquí. Es bonito caminar las calles de Estocolmo. Parece mentira llamar esta capital mi ciudad. Pero no lo es. Es mía. Y recuerdo. Camino lo que caminé y reveo lo viejo con ojos nuevos. Tantas cosas por ver. Tanta historia.

Caminando las calles me sentí afortunado. Estocolmo, Amsterdam, Roma y pronto Madrid. Y eso que el año es joven. Fui a mi Alma Mater. Que divertido. Me reinscribí en la biblioteca y tomé prestado un tomo de la universidad. Me encontré con una jainita. Tantas cosas.

Y eso. A ver qué.

Oh Captain

Oh Captain, wert are thou?

I blame everyone except the vessel I am supposed to navigate

I blame the waters and the wind

the forces that push the sails

Oh Captain, thou shrinketh from thy duty

Tis not the One who abandoned you

but lack of will to steer the wheel of fortune towards land

This vessel needs direction my Captain! Please lead it to a safe harbour!

2014

At the office, getting ready to part for the holidays.

When I saw 2014 enter my life my eyes were fixed on a digital time counter and hearing the people of Rome shout down the seconds before it struck 2014. I was at the Colosseum and I was being pressed by the masses outside the entrance to the  Colosseo metro which was jammed packed with people all trying to be by the Colosseum, just like me. I remember Nepalese immigrants selling fake roses and blinking gadgets celebrating the yet to be 2014, glasses, tiaras and champagne.  I nearly panicked but yet I was pleasantly amused by the whole moment. 2014 hit the façade of the Colosseo facing the Metro entrance in green colors shot by laser lights which simultaneously set of the rocket firing which brought a delightful spacial display of Rome’s finest pyrotechnics.

I thought it was great, ominous which is wont of me to do because I need to believe things are meant to change in my life. I was happy that I left behind 2013 and boy, did 2014 taste & feel good, full of promises and other dreamy stuff which encouraged my soul to deeply hope and go on with the dire state of my self. Nothing happened, 2014 was if anything a series of setbacks both spiritually and emotionally not to mention mentally. And here I am now, hoping that 2015 will be different like 2014. That I will change, that my life will turn for the better in all manners of aspects, with the social aspects of my humanity.

Though I often turn to the Lord for forgiveness on this matter because somehow I feel ungrateful towards the bounties the lord bequeathes me. Considering my lot there are a number of life experiences that oblige me to reconsider my situation towards the benefits I receive. Such as good health, a good job and more job, the issue of having money and overall the ability to enjoy pretty much what I want to do. I travel perhaps more than the average joe in this country and I have a profession which brings laughter to my life. This ought to be sufficient but unfortunately I seem dead bent on destroying the good Lord’s intentions and work. God must have a good reason for this because boy, do I ever sabotage it by engaging myself in carnal pleasures and questionable mental hygiene. Or the lack thereby of it if anything. I really do obstruct God in his work, again, this is by all intents and purposes done solely and truly by my own devices. And the nagging and bothering of the Lord constantly to grant me a companion or that I lack a family, buhuhu, cry baby that makes me want to punch him in the face if I ever got a hold of that side of my ugly debauching and whining self.

I wonder what my psychologist would think about my train of thought.

He doesn’t seem to think too much about my ruminations or present novel ideas about how to deal with my problems. I wish he suggested some sort of pill to realign my entire chemical composition. I myself realize many things but I end up not following through with my own great ideas, because I know there are great and should solve many of the issues I contemplate but nein sayeth the German. I do realize I have a serious case of conformity or are these the last throes of impetuous and careless behavior from my part?

Ayer: un atardecer este 2019

El día empezó grisáceo, la niebla cubría el paisaje y las horas matutinas con su velo blanco, no se podía ver mucho, solo que se sentía como si el día no quería empezar. El silencio de la casa y el silencio que se veía desde mi ventana al escribir esto, juegan con los caldos emocionales de mi constitución, le dicto a mi cerebro que no haga eso, que no se deje llevar por falsedades, ya no hay tiempo para dejarse consumir por las conjuraciones que las imágenes a mi alrededor quieren provocar en mi cuerpo, no ya no le dejo, es mejor así, la melancolía es muy mala para salud de un hombre rodeado en una sociedad obsesionada con vivir en compañía de otros. Hay que aprender a reconocer los gatillos que hacen que uno se torne triste o quede en inconforme con la suerte del día, no es saludable para un hombre predispuesto a beber cantidades enormes de alcohol para mitigar las ilusiones falsas que la noche contrae al irse al dormir. Pero me desvío de la lectura.

Los guantes blancos. Los tuve que sacar. Aquellos ornamentos que tenía guardados como memorias de un pasado al cual no retornaría, y ahora, jalo el cajón en el cual los guantes aguardan su ritual. Los compré de capricho. En Comune di Grammichele. Iba de paso. Y les vi, pensé, como los que se ven cuando los académicos abren libros de importancia. Eran unos guantes denominados en ingles kidskin gloves, guantes hechos de piel de cabrito. Los compré como cuando compro utensilios de cocina sin saber para que son, solo sé que me gusta la forma del objeto para darme una idea de cómo viven otros o se tornan sacrificios y alimentos para las fantasías esas de mi vida alterna en otros universos en los cuales yo soy un hombre de clase media sin problemas de dinero. Que ritual, pero le da importancia al acto de leer. Y más a lo que estoy a punto de leer. Era el diario de Carlos. Me puse los guantes delicadamente, con tiempo, sintiendo que cada dedo de la mano estuviese cómodo en su lugar, era una ceremonia después del todo.

Para quién sabe quién:

Parece que los años vuelan. Como las hojas de los arboles o arbustos lo hacen en otoño o un día cualquiera de esos en que el viento juega con las hojas en un remolino, un día seco, en que las hojas de los arboles al rodar por el asfalto hacen eco con su sequedad y que se levantan en conjunto para acabar en alcantarillas o quién sabe en dónde, como los segundos que gasto pensando en ti o fantaseando contigo, tú, yo y todo eso que el universo de los sueños imposibles marchita lentamente al ritmo de Greenwich y que se presta a los caprichos de la naturaleza. Lenta agonía siendo que el universo tiene millones de años y al final nadie más que la soledad verá lo que pasó al último.

 Así se leían las primeras frases del diario. Mi mente voló. O retrocedió, quién sabe qué. Solo dije, oh Dios. Y me acordé de Martín Buber y las conversaciones que sostengo con ese Dios judío. Y pensé en mi relación con ese. Y es que de reciente para acá siento pena hablarle a ese Dios. Da pena rogarle por pormenores que nada tienen que ver con las urgencias que aquejan a la humanidad, o la satisfacción de complacer la carne. Para qué le pido, por ejemplo, una mujer. Sé que es una oración de desesperación no por mi alma sino para apaciguar mis deseos carnales los cuales sufren bajo la tortura de la soledad. La soledad hace de la carne un, diríamos, sueño Rulfiano en donde Comala es el caldero de la perdición.

 

 

Las constantes

Que vida. O así pensaba Carlos cuando la mente le retraía memorias del estancamiento personal en el que se encontraba o cuando alguna mala memoria le retrocedía a espasmos mentales que ya recurrían con mayor frecuencia. Ni cómo pensar en el pasado y ni cómo pensar en el futuro. Eso era lo que más le angustiaba de hacerse viejo, esa idea del futuro que perdió su valor quién sabe cuándo y ni cómo. El futuro implica otras cosas hoy en día. El futuro es cómo pagar deudas o viajar sin propósito alguno. El futuro es la esperanza que nunca se acaba de encontrar a una pareja. El futuro sobre la jubilación. Se extrañaba ese futuro de lo que uno quería ser; lo que uno es ya no importa, ni cómo salir adelante y trabajar en lo que uno planeó lo que iba a ser; serlo ya y trabajar en ello aburre hasta el cansancio.

Los gabachos tienen una palabra para ello, flatline. No sé porqué se espera a que uno a pesar de llegar a cierta edad uno tiene que seguir teniendo los mismos dramas de antes y cómo las viejas costumbres que uno ya ni practica siguen insistiendo a que se sigan practicando y cuyo único desenlace es sentir un sentimiento de culpabilidad por no hacer lo que uno debería de hacer. A esto los suecos le llaman otillräcklighet. O sea, que uno no basta, no en términos de tiempo sino en términos de capacitación personal.

Y sí, como por ahí se dice, esto son problemas de primer mundo. Esto viene a mente una conversación que Carlos sostuvo con su hermano durante su estancia en México este último estío. Le comentaba justo este sentimiento de estancamiento a lo cual me sugirió que lo que hacía faltan era motivación. De hecho mencionó un tanque de peces como parábola a la situación ya que dijo que un pescador decidió crecer peces en una estanque pero que al extraerlos para consumición los peces perdieron su sabor. El pescador se preguntó a qué se debía el cambio y resultó que los peces en la mar solían estar expuestos al peligro y esto los hacía estar en constante vigilia. Al no tener ese peligro constante hacía que los pescados perdieran la incitación a sobrevivir y esto afectaba la constitución del pez. El problema se solucionó echando un tiburón al tanque. Y lo que a ti te falta, le dijo a Carlos, es un tiburón que te motive.

Furthermore, como dicen los gringos, enfrascarse en lo mismo se ha vuelto rutina. Las insistencias de adquirir esto u lo otro son las mismas de siempre. Tan fácil que es ponerse a trabajar, pero Carlos insiste en lo mismo de siempre. ¿Dónde estará mi tiburón? ¿porqué será que los cambios radicales a estas alturas significan un sacrificio cuando se es joven ni la piensa uno dos veces para dar ese vuelco 360? Es un drama mental de poca madre. Quizá el estancamiento se deba a las redes sociales, quizá todo el lío de las emociones que uno sufre al leer tanto de lo que acontece en el mundo lo deja a uno inerte.

Y ni como argüir contra la idea ya que es la mejor opción ante lo que se enfrenta Carlos a mi opinar. No quiero discutir con su proceso mental, me limito a escuchar. Yo no puedo ofrecer una solución a esa enredadera existencial sin sentir un dolor en el estómago, su problema es un problema universal si es que universal se refiere a la humanidad y este planeta y lo que se denomina la vida.

Es curioso ver a Carlos escribir porque sé que escribirá hasta el cansancio sin dar nunca con la solución a sus problemas, venga, solo hay distracciones que conllevan a otros problemas y las viejas dolencias emocionales son las únicas que permanecen sin cambiar. No es que esté obsesionado con los problemas de Carlos, pero bien que alimentan mis obsesiones mentales, por ejemplo, la idea de las constantes en la vida de uno, esa de la rutina después de cierta edad o como es que pueda escribir a veces sin ver el teclado, es uno de esos misterios que se ponen a jugar con mi autoestima, como haciéndome creer que puedo hacer lo que quiera con la palabra sin soltar la mirada de la pantalla y que reproduce todo lo que escribo sin mirar las letras del teclado. Esa ilusión tan frágil de control que desvanece al enterarme que estoy escribiendo sin pensar en lo que estoy haciendo hasta que la duda entra en mis dedos y estos últimos se tornan torpes.