Эдуард Лимонов

  • 4ta edición Enero 2014
  • Traducción: Jaime Zulaika
  • Editorial: ANAGRAMA
  • Lengua: CASTELLANO
  • ISBN: 978-84-339-7855-4

Empezaremos por admirar la obra del traductor, si así se le podría decir. Tenía un buen que no disfrutaba de una buena traducción, desde que leí a Isabel Vicente, traductor de la escuela de Moscú, y su León Tolstói. Y es que un buen traductor le hace sentir a uno su propia lengua ajena a uno mismo, y eso, tenía yo mínimo década, de no sentir el español así como Jaime lo logra. Exquisito. Debería yo de haber leído el libro en el francés pero no lo hice, ese principio mio de leer libros lo más cercano a mi lengua natal no se pudo en este caso, así que uno opta por lo mejor, del francés al español, algo habrá de haber en ello. El monolingüe nunca alcanzará  comprender lo último, no lo digo por arrogancia ni por elitismo. Que ni lo último no lo anterior poseo yo, válgame, soy bilingüe y reconozco mis limitaciones. Sé mucho del español pero usarlo, joder, ni idea, por eso me asombran traductores como los anteriores.

Ahora, vayamos al grano, Emmanuel Carrère. Escribió dizque la biografía de Limonov. Algo muy a huevo como se dice en mi país, a fuerzas, como no queriendo y así, lo transmite el traductor. Duré bastante en leer el tomo de 400 páginas. Algo común en mi, algunos libros hay que disfrutarlos a cuentagotas. Y así Carrère. El nombre suena. Es un apellido que lleva varios años circulando como algo que habrá de reconocer, y bien lo pinta en la biografía de Limonov, de hecho, creo que Limonov sospecha que Carrère se acuesta con él a sus espaldas, la envidia es algo que el Dr. Hannibal sabrá algo sobre ello. ¿Porqué habría de meter la vida de uno mismo en las vidas de otros para corecionarlas las unas con las otras como vil incesto? Y es que la licencia de Carrère va más allá de lo artístico. Hay hermandad. Quiere decir con ese detalle que Limonov, y no Limonov sino Mother Rusia es lo que importa, como si hubiese un proyecto a escondidas de todos y en familia, que lo que pasa en la tierra de Putin pronto va cambiar.

Y hemonos aquí y nada ha cambiado. Ahora, retrocedamos al pasado, a Limonov. ¿Vale la pena la narrativa? Creo que al comparar la vida de Limonov con Fjodor Dostojevskij como una supuesta rivalidad intelectual es subirle el ego a Limonov sin haber leído algo de Limonov más allá de la poca información que nos brinda Carrère sin el más mínimo esfuerzo de brindar detalles de la literatura de Limonov. Las atrocidades de La CCCP en el oeste solo se pueden leer con Dostojevskij a mi pensar, no soy lector del último a grandes rasgos pero el ala derecha del oeste así nos lo hace pensar, esa es la única versión de la vieja CCCP. Y quizá sea por eso que Limonov le odie, por ser Boris Pasternak de una era que no es la nuestra. Aunque aún no he leído nada de Fjodor Dostojevskij como agente de la CIA. Ahora, veamos, Carrère tiene fama de ser de la ala derecha del establishment y eso le hace complice de un montón de conspiraciones de las cuales él mismo nos brinda a cuentagotas cosas que la muchedumbre como el presente solo atina a arrimarse a una noción a ciegas de algo más allá de lo que nos cuentan los que cuentan de lo que los grandes discuten a cuestas de botellas de un buen whisky añejado.

¿Y qué diremos de Limonov bajo la lupa de Carrère? El que sabe leer podrá quizá intuir que las últimas páginas del libro algo dicen. Carrère utiliza un viejo truco para deslindarse de lo que ha escrito, vaya, un vil epílogo, en varias ocasiones nos dice que el libro lleva años en producción, casi como disculpa de que las cosa no están tan frescas como se quisiesen ser pintadas, válgame, como si la guerra en Chechenia fuera un hincapié del cual no habría posibilidad de comprender todo lo que es lo que Putin es. Y es que a Carrère le duele contar la historia de Limonov porque sin ella no sería posible contar la historia de su propia familia.

El desdén que Carrère sufrió al ver a Limonov en Moscú la última vez que le vemos en la narrativa que nos cuenta Carrére no nos deja otra que pensar así. A pesar de que Carrère la juega del dios omnisciente queriendo estar donde Limonov estuvo no logra capturar más allá de una imagen hecha a la imagen de alguien que quizá así lo ordenase. Para quién trabajamos, para la memoria y para el gusto de quién, ¿o quizá para  pintar unas cuevas rupestres que alguien más interpretará?Sea lo de cada quién habrá que darle crédito a Carrère. Sabe contar una buena historia que teje la historia de su familia con los entornos que le envuelven, o sea, y vayamos al principio de todo esto, a Carrère la biografía es algo que le gusta relacionarse solo porque le es allegado a su propia vida, casi como no evitar negar a mis primos hermanos, algo que nunca podré hacer.

¿Que otra cosa podría uno admirar de todo esto? Una de las cosas que Carrère sí logra es pintarnos una imagen del bando opuesto; acá en occidente uno cae en ese vicio de leer solo lo que Occidente alaba y romantiza. Nunca sabemos de lo que el otro bando piensa, creo haber escuchado por ahí un ejemplo contemporáneo al respecto. Alguien lo dijo entre broma y media la forma en miramos un evento histórico como el de los rehenes de Teherán y destrono del Sha Iraní. En el oeste solo pensamos en los rehenes mientras que en Irán se celebra alguna liberación de alguna especie. Y eso, así Carrère nos pinta a Limonov, una especie de Hemingway cirílico. Va a donde la guerra está y ahí se hace de compinches que en oeste consideramos como criminales de guerra. Buenas historias, me hizo recordar un otro libro que había leído antes sobre las guerras den los balcanes. Balkan Ghosts de Robert D. Kaplan. Recuerdo muy bien esa lectura y el gusto que me dio leer sobre los licores de frutas que ahí se fabrican. Pues bien, buena lectura, buena lectura a pesar de la crítica que un humilde lector puede hacer.

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